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Laura Mazorra y Javi Calderón vertemos toda nuestra energía negativa en nuestras creaciones, con la esperanza de entretener y divertir a todo aquel que esté de paso por éste, nuestro querido hogar. Fíjate bien por donde pisas y permanece alerta... por si las moscas. Enjoy!

domingo, 5 de octubre de 2014

Colorín Ensangrentado Series: 02 - La Bella Durmiente


El príncipe consiguió salir a trompicones del espeso bosque de zarzas gigantes que protegían el viejo castillo. Esa mañana se había vestido con sus mejores galas, la ocasión lo merecía, pero no contaba con atravesar toda una alambrada de vegetación espinosa dispuesta a hacerle jirones su ropa hasta hacerle parecer un confeti andante. Menos mal que se había puesto muda limpia, porque era lo único que le había aguantado de una pieza.

Ante él se alzaba, por fin, el imponente edificio. Aparentaba ser lo que era: un castillo abandonado durante ciento sesenta y cuatro años. A pesar de su triste aspecto, la leyenda aseguraba que en su interior guardaba un valioso tesoro en forma de hermosa princesa. La pega era que dicha princesa había permanecido presa de un profundo sueño durante todo ese tiempo, y el príncipe no sabía lo que iba a encontrarse. Cruzaba los dedos para que fuera cierto lo que le habían contado: que un hechizo la protegía del paso del tiempo y mantendría la misma belleza por la que fue famosa en su época. Pero también cabía la posibilidad de que le hubieran colado una trola y se encontrase con un cadáver devorado por los gusanos. Resopló su despeinado flequillo, se subió los calzones hasta cubrir todo lo necesario y emprendió la marcha al encuentro del castillo.

Las puertas estaban entreabiertas, pero por mucho que empujaba no cedía un milímetro. Tampoco es que fuera el más fuerte de la clase. Afortunadamente el hueco entre los dos portones era suficiente para que, metiendo tripa y sufrir algún arañazo más, pudiera escurrirse hacia el interior. Una vez dentro tuvo que esperar unos segundos hasta que sus delicados ojos se acostumbraron a la tenue luz que, por decir algo, iluminaba el gran vestíbulo. Dio un respingo cuando distinguió por toda la sala una serie de siluetas humanas que corrían hacia donde él se encontraba con garrotes, cuchillos y otros objetos contundentes. Tras unos segundos de tensión, volvió a abrir los ojos. Primero uno muy despacio, y después el otro con valor renovado. Abandonó la posición fetal de defensa que le habían enseñado en la escuela de príncipes no valientes y se incorporó muy despacio para observar que la multitud permanecía en la misma posición, inmóvil. Al observar más de cerca, comprobó que, en efecto, en el pasado, justo antes de congelarse en el tiempo parecían correr todos hacia el mismo sitio. Como si tratasen de detener algo o a alguien que se hallaba justo donde él estaba ahora.

En realidad, es una historia bastante curiosa la de estas estatuas humanas. No se trataba sino de los habitantes del castillo, que permanecían bajo el hechizo que les había lanzado el hada encargada de proteger a la niña para evitar que cayera en la maldición que se cernía sobre su futuro. Pues bien, ya que había fallado en su misión principal, y para que la princesa no se sintiera sola al despertar tras cien años de sueño (sí cien años, luego aclararemos este punto), no se le ocurrió otra cosa que lanzar un hechizo a todos los habitantes del castillo para que al igual que la niña, permanecieran “dormidos” hasta que ella despertase. Pero el hacer las cosas deprisa y corriendo lleva a que no salgan como uno espera. Y si una turba colérica se abalanza sobre ti porque tus intenciones no acaban de convencerlos, lo más fácil es que el hechizo se formule deprisa y corriendo, no se vocalice bien y, en vez de dormirlos, tan solo los paralices y sean conscientes en todo momento del paso del tiempo. Menuda faena.

Pero volvamos con el tenaz príncipe al que ni las zarzas asesinas, ni las estatuas humanas amenazantes pudieron doblegar su voluntad.

Repuesto del susto, y tras comprobar que sus elegantes calzones estaban ahora algo húmedos, avanzó directo a unas escaleras que se hallaban en el fondo del vestíbulo. Algo le decía exactamente qué dirección debía seguir. Siempre había presumido de tener un instinto muy afilado para ciertas cosas.  Y luego estaban las flechas que había pintadas en el suelo cada pocos pasos marcando el camino, que también ayudaban algo. Ese hada estaba en todo.

Llegó a un largo pasillo en cuyo final una robusta puerta que se abrió por arte de magia al llegar el príncipe hasta ella. Al penetrar en la estancia, el asombro le hizo abrir tanto la boca que le costó dios y ayuda volver a encajarse la mandíbula. Ante él se encontraba, tendida en un lecho con sabanas de oro, la criatura más bella que jamás había tenido el privilegio de contemplar. Aparte de él mismo, claro. Una joven doncella, yacía cubierta por una fina mantita de hilo dorado. Cerró el puño y celebró que fueran ciertos los rumores. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir al encuentro de su recién descubierto amor. Los ronquidos que salían por su boca entreabierta no importaban, ahora había tratamientos muy eficaces y, además, quizá después de tantos años durmiendo no necesitaría hacerlo nunca más. Se obligó a serenarse, puesto que quería que la primera visión de la chiquilla en su vuelta al mundo de la vigilia fuera la de alguien que transmitiera calma y saber estar. El que alguien que se presentaba ante una jovencita con la ropa hecha flecos, con el cuerpo lleno de arañazos y mostrando unos calzoncillos rojos con corazones blancos un poco húmedos tanto por delante como por detrás, le pareciera una imagen tranquilizadora era digno de estudio.

Una vez terminadas las comprobaciones, recolocado el flequillo rebelde y haber comprobado su aliento, avanzó hacia su amada a la vez que un murmullo de expectación parecía levantarse por todo el castillo. El príncipe caminó ajeno a lo que le rodeaba con los labios en modo “beso de amor verdadero” y justo cuando iba a posarlos sobre la delicada boca de la princesa la habitación comenzó a dar vueltas un breve instante mientras escuchaba un “Ooooohhhh” de fastidio que retumbaba por todo el edificio. Después, oscuridad.

El principesco cuerpo cayó desmadejado mientras un potente chorro de sangre brotaba por el lugar donde segundos antes había llevado la cabeza y su flequillo. Ahora, esta yacía aún con los labios fruncidos al pie de una pila de calaveras que servían de soporte a la cama de la princesita. Con el embelesamiento que le había producido la visión de la durmiente no había  reparado en los cuerpos que yacían por toda la estancia en distintos grados de descomposición.

 La sombra que había surgido del cuerpo de la joven y que había rebanado el perfumado cuello de nuestro galante protagonista, justo antes de que este rompiera la maldición, regresó a su lugar de reposo en el corazón de la bella durmiente.

“Cien años han de pasar hasta que la princesa reciba un beso de amor verdadero, y con ello la maldición llegará a su fin.” Así rezaba la profecía. La maldición original suponía que al cumplir dieciséis años la princesa caería en el sueño eterno de la muerte al pincharse con la aguja de una rueca. Lo de los cien años de sueño con final feliz fue un apaño que la antes mencionada hada protectora se sacó de la manga para evitar tan cruel destino a la inocente niña.

Pero la pobre hada, que tiempo después perdió sus alas por sus continuas meteduras de pata, no contaba con que la princesa tuviera una parte de marmota en lo más hondo de su espíritu. El subconsciente de la joven no creía que cien años de sueño fueran suficientes. Con lo a gustito que se encontraba ella en su cama calentita con su manta y con su bolsa de agua siempre caliente a los pies, cortesía del hada. Con el paso del tiempo logró materializarse en la sombra mortal que surgía de la niña cada vez que alguien amenazaba con despertarla. Y cada vez que eso ocurría, se podía escuchar un lastimero “Ooooohhhh“ procedente de las pobres estatuas humanas que veían desvanecerse otra oportunidad de volver a la vida animada.

Sesenta y cuatro años habían transcurrido más allá de los cien que se profetizaron, y quién sabe cuántos más habrían de pasar hasta que la bella durmiente decidiera que ya había descansado lo suficiente. Por lo pronto, se arrebujó en su mantita y se giró a un lado con una sonrisita de placer.

Y colorín ensangrentado...

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