Nos presentamos...

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Laura Mazorra y Javi Calderón vertemos toda nuestra energía negativa en nuestras creaciones, con la esperanza de entretener y divertir a todo aquel que esté de paso por éste, nuestro querido hogar. Fíjate bien por donde pisas y permanece alerta... por si las moscas. Enjoy!

lunes, 29 de septiembre de 2014

DSC Horror Series 2: 05 - Carrie

¡Qué divertidas son las fiestas cuando invitamos a nuestra querida amiga Carrie! En esas ocasiones procuramos invitar a todos aquellos que no nos caen del todo bien. Os podéis imaginar por qué.

Eso sí, luego nos toca recoger y limpiar a nosotros :(


Por cierto, tenemos una invitación con tu nombre para nuestra próxima fiesta ;)



Como curiosidad, aquí dejamos el proceso de creación. Esperamos que os guste.




 

lunes, 22 de septiembre de 2014

DSC Horror Series 2: 04 - Bela Lugosi's Dracula

Otra cosa buena que tiene nuestro nuevo barrio es que los ancianos que con los que te puedes cruzar en la calle una noche cualquiera pueden ser señores como el mítico Bela Lugosi. Ese es el nombre mortal que eligió nuestro querido antepasado Drácula cuando decidió mezclarse definitivamente con los humanos. No hagáis caso a eso de que era un actor que se creyó tanto su papel que pensaba que era un vampiro de verdad. En realidad era un vampiro que se creyó actor. Sin embargo no actuaba, simplemente se comportaba como siempre.

Ahora que los vampiros míticos han pasado a la historia en el cine moderno, el entrañable Bela se dedica a contemplar la evolución de la construcción de nuevas mansiones en los alrededores, mientras echa de comer a los murciélagos.

Siempre en nuestra memoria señor Lugosi.


lunes, 15 de septiembre de 2014

DSC Horror Series 2: 03 - Tarman (The Return of the Living Dead)

Brrrraaaaainnnnnsssssss!!! More brrrrraaaaainnnnnssssss!!! O sea: ¡¡¡Cerebrosssssss!!!¡¡¡Más cerebros!!! Ese es el tono que suena en nuestro despertador cada noche. No sería nada del otro mundo si no fuera una grabación original que nos hizo el propio Tarman en una de sus visitas a nuestra cueva.

Tarman es el primer zombie en zamparse un cerebro en el cine. Desde entonces no le permiten la entrada. Pero también es famoso por ser también el primero en hacerlo en una película, "El regreso de los muertos vivientes (1985)". Desde entonces, millones de zombies han seguido su doctrina al pie de la letra, a pesar de que cada vez es más difícil encontrar cerebros de calidad. Como no cambien su dieta no les vemos futuro a estos simpáticos seres.



jueves, 11 de septiembre de 2014

Colorín Ensangrentado Series: 01 - Cenicienta


Cenicienta


Cenicienta no se encontraba bien. Se había despertado sobre su propio vómito en su rinconcito de la cocina donde su querida madrastra la obligaba a dormir cada noche. Le dolía la cabeza y su estómago no dejaba de moverse de un lado a otro, o eso le parecía ella. Ahora casi se arrepentía de haber bebido tanto la noche pasada. Había sido su primera vez. Había descubierto que a medida que caían las copas era mucho más sencillo aguantar al príncipe y sus monólogos acerca de sí mismo, de sus caballos, de sus palacetes... Así que entre pieza y pieza del magnífico baile abordaba al incauto sirviente que pasase más cerca de ella con la bandeja de bebidas. No había acudido al baile con idea de conseguir la atención del heredero del reino, al contrario que el resto de las asistentes. Pero se había visto obligada a pegarse a él, ya que su querida madrastra y las alimañas que tenía por hijas la habían reconocido. Pensó que permaneciendo junto a él no se atreverían a acercarse a ella, por lo menos esa noche. Después, ya en casita... Lo tenía asumido pero no la importaba. Que la quitaran lo bailado, nunca mejor dicho. El problema surgió cuando, no sabe cómo, el príncipe acabo perdidamente enamorado de ella. Le prometió amor eterno, un hermoso palacio, y muchos hijos con el que llenarlo. Aguantó todo lo que pudo pero a medianoche no pudo soportarlo más. Se excusó con lo primero que le vino a la cabeza y ante la mirada sorprendida del príncipe, salió corriendo haciendo eses entre los asistentes al baile con una copa en la mano. Llegó a la escalinata principal del palacio milagrosamente sin haberse llevado a nadie por delante y habiendo evitado a las tres arpías. Como no podía ser de otra manera, gracias a esos taconazos que calzaba, a los que no estaba acostumbrada y menos con la cogorza que llevaba encima, tropezó y bajó los cincuenta escalones a trompicones. De dos en dos, de tres en tres… Pero sin caerse, eso sí. Y sin verter el contenido de la copa. Dio un último trago, se subió a la magnífica carroza que la esperaba y regresó a casa vomitando por la ventanilla. Ya había tenido suficiente fiesta por esa noche.

Cuando llegó, se quitó como pudo el magnífico vestido que muy amablemente le habían confeccionado unos pajaritos con la ayuda de cuatro ratones que habían salido de un agujero de la pared de la cocina. En ese momento Cenicienta dudaba de si eso fue real o solamente un recuerdo falso creado por su imaginación etílica. Cuando fue a quitarse los zapatos se dio cuenta de que le faltaba uno. Se agachó un poco, entrecerró los ojos para enfocar lo mejor posible y recorrió con la mirada el suelo de la cocina, pero resultó tan mala idea que acabó mareada viendo como todos los muebles y utensilios de la cocina, hasta las paredes, giraban alrededor de ella sin parar. Eso era lo último que recordaba de aquella noche.

Era muy temprano. Demasiado. Y le había despertado un alboroto que llegaba desde el salón. Se acercó renqueante hasta la puerta de la cocina y se asomó con cuidado de no ser vista. Sus hermanastras saltaban de un lado a otro, alegres y nerviosas. Su madre les acababa de dar la buena nueva de que el príncipe visitaría la casa esa mañana. Ahora, la mujer se dirigía hacia la cocina. Cenicienta retrocedió de espaldas y tropezó con una silla justo cuando entró su madrastra con esa cara tan habitual en ella mezcla de asco, desprecio y odio que le salía tan bien le decía:

      – Recoge todo este desastre y sal a cortar algo de leña. Hace frío y no queremos que el príncipe se resfríe mientras elige a una de mis hijas como reina. Después hablaremos de tu salida nocturna – y regresó al salón a tranquilizar a sus pequeñas hienas.

Cenicienta, cogió el hacha que reposaba junto a la leñera. Al tocar el mango, un agudo dolor de cabeza la hizo doblarse antes de caer al suelo. Fue solo un momento pero la joven había notado como algo si algo se hubiera roto dentro de su resacosa cabecita. Cuando se encontró algo mejor, recogió el hacha y salió al patio. Quizá el aire frío de la mañana le sentase bien.

Al salir, vio como por el camino se acercaba un caballo cuyo jinete no era otro que el príncipe, que acudía a la anunciada cita. Al pasar frente a ella, el joven giró la cabeza para mirarla pero la visión de una mujer vestida con harapos y cubierta de ceniza y restos de vómito en el pelo le provocó tales arcadas que casi se cae del caballo. Mientras veía como llegaba la puerta principal, otro fuerte pinchazo la sacudió. Esta vez fue más breve pero más intenso. Se incorporó y comenzó a partir leña con furiosos hachazos. Algo no andaba bien.

Dentro, sus hermanastras se esforzaban como nunca para introducir sus pezuñas dentro del zapatito de oro que el príncipe había llevado consigo. Lo había encontrado en la escalinata del palacio cuando corrió detrás de la cenicienta en su huida. Estaba convencido de haber encontrado a su amor verdadero, la mujer a la que haría la más feliz del reino. La convertiría en su reina y la preñaría cada invierno para darle muchos nietos al viejo rey. Pero como no tenía ni la más remota idea de quién era esa misteriosa mujer ni de donde vivía, había tenido la brillante idea de proclamar que se casaría con aquella mujer a la que le valiera el zapato perdido. Sus consejeros aplaudieron durante minutos la genial ocurrencia del príncipe. Habría casi un millar de mujeres en el reino pero, por lo visto, solo a una serviría el zapato en cuestión. No podía ser de otra manera. El joven había comenzado a recorrer casa por casa desde que el sol asomó por el horizonte y curiosamente, por el momento el zapato no había encontrado a su dueña. Y ahora observaba atónito como esas dos señoritas se turnaban para intentar calzarse el delicado zapatito de oro.

      –  “ Si fuera de cristal ya había estallado en mil pedazos” – pensaba el príncipe mientras, aburrido, miraba los horribles retratos familiares que colgaban de las paredes. – ¿Seguro que no hay ninguna muchacha más en esta casa? – preguntó a la madrastra.-  Fuera he visto… Bueno, no estoy seguro de lo que he visto, quizá fuera un espantapájaros… Pero está claro que sus delicadas hijas no son las dueñas del zapato de oro.

      –  Alteza, están muy nerviosas, claro que el zapato pertenece a una de ellas – contestó ella- . Ahora mismo no recuerdo a cual, pero seguro que si vuestra alteza nos permitiera unos momentos en privado terminaríamos con todo esto enseguida.

El príncipe hizo un gesto de displicencia con la mano y las tres corrieron a la cocina con el sufrido zapato.

– Córtate los dedos, - le dijo a la mayor acercándole un cuchillo – cuando seas reina no necesitarás caminar. La chica, como siempre, obedeció a su madre y se mutiló los dedos del pie derecho ahogando un grito de dolor. A pesar de todo fue incapaz de ponerse el zapato. Pero eso sí, lo tiñó de un color encarnado que combinaba muy bien con el oro. La madre miró a su otra hija y le dijo:

  – Córtate el talón, cuando seas reina no necesitarás caminar.

La chica abrió los ojos como platos y negó con la cabeza mientras miraba a su hermana con cara de asco. Ésta trataba por todos los medios de contener la sangre que le salía a borbotones del pie y maldecía a su madre y a ella misma por ser tan tonta como para hacer caso de una idea tan estúpida (por no decir otra cosa).

Sobre los gritos se elevó una dulce voz que provenía del patio:

– Quizá yo pueda serviros de ayuda.

Las tres dirigieron su mirada a la puerta del patio y vieron a la Cenicienta de pie, con el hacha en la mano y los ojos perdidos. En efecto, algo se había roto dentro de ella. Se abalanzó sobre su madrastra. De un tajo le cercenó la cabeza, que fue rodando con gesto de sorpresa dibujado en su rostro hasta la puerta. Acto seguido se encargó de sus hermanas, que del terror eran incapaces de moverse, ni de emitir sonido alguno, tan solo el de sus tripas cuando se aflojaron y vertieron su contenido. Cenicienta descargó el hacha contra ellas una y otra vez. Cuando se cansó, el suelo era un amasijo de sangre, carne y heces. Apartó lo que quedaba de sus hermanas para recoger el zapato. No se molestó en limpiarlo. Se acercó a la leñera y sacó el otro del lugar donde lo había escondido la noche anterior. Se los puso, recogió el hacha y caminó en dirección al salón, al encuentro de su príncipe. Justo antes de llegar a la puerta, ésta se abrió y, de nuevo, la cabeza de su madrastra rodó hasta el medio de la cocina con gesto de fastidio. El príncipe, se detuvo perplejo. Alternaba su mirada entre Cenicienta y el macabro escenario en que se había convertido la cocina. Abría y cerraba la boca pero las palabras se negaban a salir. Ni tan siquiera cuando se dio cuenta de que la chica cubierta de sangre que tenía ante él llevaba el par de zapatos puesto. Un atisbo de sonrisa comenzó a formarse justo cuando el hacha se le clavó en el centro de su encantadora cara. Cayó desplomado y su cuerpo se convulsionó por unos breves momentos. Cenicienta desclavó el hacha del príncipe no sin cierto esfuerzo y se quedó alelada mirando la hoja ensangrentada.

– Pero, ¿qué has hecho hija mía? – Cenicienta se sobresaltó al escuchar la voz a su espalda y con un rápido movimiento se giró y blandió el hacha de arriba abajo.

Ante ella estaba su hada madrina, la única que se había preocupado un poco por ella. Había movido muchos hilos para conseguir que Cenicienta dispusiese de todo lo necesario para acudir al baile la noche anterior. Se había tenido que buscar la vida porque sus superiores no le concedieron sus peticiones: transporte y ropas para su querida ahijada. Había tenido que hacer un cursillo intensivo para aprender a convertir hortalizas en carrozas, había pedido sus últimos días de asuntos propios para amaestrar a unos cuantos pajarracos y ratones para que fueran capaces de confeccionar un vestido y tuvo que atracar un local de “Compro Oro” de una familia de enanos para obtener material para hacer esos zapatos dignos de su ahijada. En resumen, lo había dado todo para que Cenicienta disfrutase de esa noche tan especial. Y ahora allí estaba, casi partida en dos y con cara de “Ya te vale” con la vista clavada en la joven. El hada dio un par de pasos hacia atrás y tropezó con la cabeza de la madrastra, que terminó debajo de una mesa con gesto de hastío. Por fin, se desplomó.

Sabía que debería sentirse muy mal por lo que acababa de hacer, pero la verdad es que no. Así aprendería a no abordar a la gente por la espalda. Bueno, ya no lo iba a hacer más, eso seguro. De todas formas, podría haber utilizado su magia para convertir el hacha en algodón de azúcar, por ejemplo. Sí, algo se había roto en su cabecita.

En el exterior comenzó a elevarse un murmullo que acabó por convertirse en una escandalera total. Su cabeza de martilleaba ahora con más fuerza. “La última vez que pruebo el alcohol”. Nada más pensar eso, le pareció oír una risita en alguna parte.

Pasó por encima del cadáver y se asomó al patio. El viejo roble que allí se levantaba vestía sus ramas con una multitud de cuervos, que aún seguían llegando. Al pie del árbol, decenas de pajaritos muertos yacían patitas arriba ensangrentados. Lástima, ya no podrían vivir de la sastrería. Los graznidos retumbaban por todo el lugar. Cenicienta, a pesar de su jaqueca, salió al patio. No se dio cuenta hasta pasado un momento, pero había comenzado a bailar tímidamente al son de los graznidos. Los pájaros no se callaban y ella se iba animando cada vez más. Una rata se asomó por un agujero de la pared de la casa y dando saltitos se unió al macabro baile. Luego otra, y otra más. Correteaban entre los pies de la chica y saltaban unas sobre otras. Algunos cuervos, cansados de mirar, planearon hasta la Cenicienta y revolotearon a su alrededor mientras ella giraba sobre sí misma y reía como poseída.

Todo terminó de golpe momentos después, cuando tanta vuelta la hizo vomitar, de nuevo, sobre las pobres ratas. Estas corrieron de nuevo a la seguridad de sus agujeros y los cuervos regresaron al viejo roble a toda prisa. Mejor mantener las distancias. Seguían cayendo plumas sobre la Cenicienta cuando se limpió los labios y reanudó su baile, esta vez en silencio.

 Definitivamente algo se había roto dentro de la cabecita de la Cenicienta…

…lo más curioso es que fue feliz para siempre.


lunes, 8 de septiembre de 2014

DSC Horror Series 2: 02 - Audrey (Little Shop of Horrors)

Mirad quién se ha ofrecido a decorar nuestro nuevo hogar. Audrey,la protagonista de la película La tienda de los horrores (Little shop of horrors). En un principio habíamos decidido colocarla en el jardín de la entrada pero misteriosamente dejamos de recibir el correo. Hasta que una noche en un golpe de hipo Audrey escupió una gorra de cartero y nos dimos cuenta. ¡Qué traviesa!

Ahora la tenemos en el jardín trasero, donde sólo dejamos acceder a las visitas. Sobre todo a las molestas.



Si queréis llevar a Audrey en una flamante camiseta, podéis encontrarla en nuestra tienda personal de los Horrores de latostadora.com y pronto también en Spreadshirt.com.


martes, 2 de septiembre de 2014

DSC Horror Series 2: 01 - Chucky (Child's Play)

Como sabéis, hemos estado un tiempo en el destierro. Nuestras narraciones sobre temas prohibidos a los humanos molestaron bastante en las altas esferas del Inframundo y nos dieron un buen tirón de orejas. Ahora que nos han vuelto a crecer, podemos comunicar que vais a tener noticias nuestras algo más a menudo.

De momento queremos compartir con vosotros el retrato que le hicimos a nuestro viejo amigo Chucky, que en cuanto se enteró de que andábamos por el barrio dejó lo que estaba haciendo (nada bueno seguro) y corrió a hacernos una visita.



¡Qué rico es! Y qué gracioso. Los que nos hemos reido con sus anécdotas. Se quedó encantado con nuestro nuevo cuchillo de cocina. Tanto, que decidimos regalárselo. Tan contento que iba él con toda la intención de estrenarlo pronto...

Ah, nos dio permiso para utilizar su foto para una de nuestras camisetas. Podéis encontrarla en nuestra tienda de latostadora.com y pronto también en Spreadshirt.com.