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Laura Mazorra y Javi Calderón vertemos toda nuestra energía negativa en nuestras creaciones, con la esperanza de entretener y divertir a todo aquel que esté de paso por éste, nuestro querido hogar. Fíjate bien por donde pisas y permanece alerta... por si las moscas. Enjoy!

domingo, 23 de diciembre de 2012

Historia Navideña





      Los copos de nieve comenzaban a caer con parsimonia en la fría tarde de un veinticuatro de Diciembre de un año cualquiera. Esos copos, durante su viaje, contemplaban debajo de ellos la masa humana que iba de un lado a otro ultimando los preparativos para esa noche tan especial. Algunos de ellos caían suavemente en grandes ciudades donde, apenas tocaban el suelo, eran rápidamente pisoteados hasta desaparecer. Otros, un poco más afortunados terminaban su viaje en algún pueblo tranquilo donde la gente ya se había encerrado en sus casas al calor de un buen fuego. Y había otros que tenían la enorme suerte de posarse suavemente en las copas de los árboles de algún bosquecillo que solía estar cerca de esas tranquilas aldeas. Y de entre estos últimos, unos pocos pudieron ser testigos del trajín que alguien se traía en una pequeña choza de barro y techo de paja situada en el claro de un bosque.

      Safina iba de un lado para otro sin apenas descanso. Quedaba mucho por hacer y el tiempo se le echaba encima si quería tenerlo todo preparado para la hora de la cena.
Se acercó a una mesa situada en el centro de la estancia y con un movimiento rápido cogió, de una pequeña bolsa de cuero de las muchas que había, un pellizquito de un polvo violeta que relucía caprichosamente al reflejar la luz suave de las velas que iluminaban vagamente el lugar. Con un soplido, lo esparció sobre los espumillones que había estado preparando esa tarde. Durante un momento parecieron cobrar vida, pero la ilusión pasó enseguida. Los metió a toda prisa en una caja grande, junto a otros adornos navideños, y dando pequeños pasitos salió al exterior. La nieve seguía cayendo, pero todavía con poca fuerza, y el día hacía tiempo que había comenzado a apagarse, lo que hizo que asintiera satisfecha. Se dirigió a un árbol de madera seca y retorcida, un poco más alto que ella, que había situado a unos metros de la entrada y depositó la caja junto a él. Cerró los ojos, susurró unas rápidas palabras y metió la mano en uno de los bolsillos de su túnica del que sacó un frasquito que contenía un líquido azulado. Cuando acabó su retahíla, quitó el tapón al frasco y arrojó el contenido a los pies del árbol, que al momento se irguió esplendoroso y, aunque todavía desnudo, pareció recobrar el vigor de su juventud ya olvidada. Se apresuró a decorarlo con los espumillones y el resto de adornos y, cuando acabó, lo miró durante un breve instante antes de darle su aprobación. Ahora, el viejo tronco resplandecía con muchos colores. Regresó a la casa bajo la mirada curiosa de sus dos gatos, que se lamían las patas tranquilamente sobre el tejado de la casa.

     Le hubiera gustado decorar algo más la fachada, pero tendría que confiar en que el árbol fuera suficiente. No tenía tiempo. De nuevo en el interior, apartó la mesa a un rincón y puso sobre ella, y bajo ella, todo lo que ya no iba a necesitar. Seguidamente lo cubrió con una enorme sábana y, de nuevo, musitó unas palabras que hicieron que la mesa y los trastos parecieran desinflarse hasta desaparecer. Recogió la sábana del suelo y la dobló con habilidad antes de meterla en un armario. Ahora había dejado un gran hueco libre en el centro de la casa que cubrió con una colorida alfombra de pelo grueso y de forma circular.
Paseó la mirada por toda la casa, que había estado decorando durante gran parte de la tarde y al ver el estado en el que había quedado hizo que una sonrisa iluminara su rostro. Hasta el mismísimo Espíritu de la Navidad estaría muy orgulloso.  Espumillones colgaban de un lado a otro de techo y paredes, bolas brillantes lucían en espejos y lámparas. Incluso, en la chimenea, una hilera de calcetines colgaban listos para recibir su regalo correspondiente.

     En ese momento, unas voces se elevaron en el exterior. Safina corrió a la entrada y al abrir la puerta se encontró con un pequeño coro que cantaba un emotivo villancico. Dos niños y tres niñas parecían pequeños ángeles cantando bajo la embriagadora luz del árbol. Escuchó embelesada junto a sus gatos, que ahora permanecían sentados a sus pies, mientras los copos caían ahora con más fuerza y la noche ya era casi cerrada.
El canto finalizó suavemente y ella aplaudió emocionada. Los niños, al ver la reacción de la pequeña sonrieron felices. Y pensar que casi pasan de largo…Ya regresaban a sus hogares, cansados tras una tarde cantando villancicos de casa en casa, y recorrían el camino que rodeaba el bosque cuando una llamativa luz cambiante llamó su atención a lo lejos, entre los árboles. Antes de darse cuenta, y sin saber cómo, se vieron caminando entre estos directos al foco de luz que no era otro que el árbol que Safina había decorado de modo tan especial. Cuando llegaron frente a él, contemplaron maravillados como la luz que emitía cambiaba de color continuamente y los espumillones que lo adornaban parecían bailar entre sus ramas. Momentos después, uno de los niños señaló con el dedo una humilde casita que se hallaba situada unos pasos más allá del árbol. Se miraron los unos a los otros confundidos, porque hasta ese momento estaban seguros de que en ese bosque no vivía nadie. A pesar de su extrañeza inicial, decidieron llevar a cabo una última actuación antes de seguir su camino. Querían honrar de esa manera al hacedor del árbol de Navidad más maravilloso que hubieran visto nunca. Qué sorpresa se llevaron cuando descubrieron que la responsable de ello fuera la simpática niña que ahora les aplaudía.
Safina abrió de par en par la puerta de su casa e invitó a los niños a pasar y calentarse antes de continuar su camino. El grupo miró hacia el interior de la casita y, al sentir en el rostro la calurosa luz que ésta emanaba, todas sus dudas se disiparon, así que agradecieron el gesto de la niña y, uno a uno, fueron pasando. Una vez dentro, sus miradas volaban de un sitio a otro y se maravillaban cada vez más de la habilidad decorativa de su anfitriona. Hasta el enorme caldero que colgaba del hueco de la chimenea brillaba de un modo inusual. 

     El sonido de una puerta al cerrarse y el ruidoso correr de cerrojos los sacó de su ensoñación. Se volvieron, y dónde esperaban ver a la dulce niña que les había recibido tan calurosamente se encontraba una anciana encorvada que les miraba con su único ojo entrecerrado mientras hilillos de saliva colgaban de su boca desdentada. Todas las velas se apagaron, al igual que el árbol que iluminaba el exterior, por lo que la oscuridad fue total durante un momento. Un instante después, el fuego de la chimenea se encendió con un chasquido e hizo que el caldero que colgaba sobre él luciese ahora de un modo aterrador. El pánico cundió entre los niños e intentaron huir, pero los largos pelos de la alfombra sobre la que estaban les sujetaron firmemente los tobillos y hacían vanos sus esfuerzos. 

     -¡Feliz Navidad queridos míos! ¡Hora de cenar! – dijo la bruja mientras se acercaba despacio. Y las, antes, angelicales voces de los niños se tornaron ahora en desgarradores gritos de dolor.




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